Posted on 30 mayo, 2025 in Reflexiones Estratégicas

Nos hemos adaptado tanto… que nos volvimos reemplazables

Tiempo estimado de lectura: 7 minutos
Escrito por: Equipo Nothofagus Boutique Consulting

Una mirada crítica sobre el vínculo entre adaptación, eficiencia y el futuro del trabajo humano en la era de la inteligencia artificial.

Esta nota forma parte de nuestra serie de reflexiones estratégicas de Nothofagus Boutique Consulting sobre la transformación organizacional en tiempos de automatización y cambio exponencial.

Cuando diseñamos sistemas tan eficientes que nos volvimos prescindibles

Cada día, la inteligencia artificial no solo avanza: redefine el ecosistema del trabajo y la lógica interna de las organizaciones. Dario Amodei, CEO de Anthropic, advirtió días atrás que la IA podría eliminar hasta el 50% de los empleos de oficina de nivel inicial en los próximos cinco años. Lejos de ser una declaración alarmista, su planteo refuerza una tendencia ya visible en sectores como tecnología, finanzas, consultoría y educación, por nombrar algunos.

Bill Gates también lo expresó con claridad:

“No es cuestión de si puede hacerlo, sino cuándo y con qué consecuencias sociales decidimos acompañarlo.”

Y en ese “cuándo”, muchas empresas ya están decidiendo. Duolingo y Shopify, por ejemplo, adoptaron el enfoque “AI-first”, reorganizando sus estructuras para que la automatización no sea un complemento, sino el punto de partida. En estos casos, la IA no solo reemplaza tareas: se convierte en criterio de contratación, evaluación y diseño organizacional. Lo humano queda reservado únicamente para aquello que la inteligencia artificial aún no puede hacer.

Durante años repetimos —y celebramos— aquella frase atribuida a Darwin:
“No sobrevive el más fuerte, ni el más inteligente, sino el que mejor se adapta al cambio.”

Durante la pandemia, esta capacidad de adaptación permitió acelerar procesos tecnológicos y habilitar transformaciones largamente postergadas. Pero hoy cabe preguntarnos si no estamos adaptándonos tan rápido que hemos dejado de revisar críticamente hacia dónde nos lleva esa adaptación.
En otras palabras, ¿no estaremos aceptando, casi sin darnos cuenta, una creciente prescindencia?

Tal vez el problema no sea cuánto nos adaptamos, sino desde dónde: sin cuestionar nuestras matrices de interpretación, sin resignificar el valor del trabajo, sin repensar el rol humano más allá del simple hacer


Ya no solo es automatización: estamos diseñando e implementando sistemas que aprenden, deciden y nos reemplazan

Hace no tanto, el home office, hacer una compra completa sin hablar con nadie, leer informes financieros redactados por algoritmos, podía sonar a ciencia ficción.
Hoy, es rutina.

Pero la automatización ya no se limita solo a lo físico. También ha avanzado sobre lo cognitivo.

Los sistemas ya no solo ejecutan tareas: empiezan a decidir, muchas veces sin intervención humana directa… ni nuestro consentimiento.

Para ilustrar esta idea tomemos el ejemplo en el mundo del retail: sistemas de machine learning predicen qué productos faltarán en cada tienda antes de que nadie lo advierta, generando órdenes automáticas para evitar quiebres de stock. Estas órdenes son procesadas por otros algoritmos que reorganizan rutas, ajustan inventarios y priorizan pedidos sin intervención operativa. Ahora bien, no solo en los procesos internos de las organizaciones, sino también en la interacción con los clientes finales la IA toma control. Continuando con el ejemplo del retail. al abrir la app del supermercado, el cliente ya parte de cero: aparecen sugerencias como “tu compra habitual de los martes”, promociones diseñadas según el historial de consumo, y alertas personalizadas cuando ciertos productos están por agotarse, todo esto sin intervención humana. 

Otro caso cotidiano en otro sector podemos verlo en la atención al cliente por parte de los bancos, donde asistentes virtuales renegocian deudas, resuelven reclamos e incluso cancelan servicios sin que nadie toque un teclado.

La paradoja del home office y la descentralización del trabajo

Durante la pandemia, millones de trabajadores migramos al home office creyendo —con razón— que era una conquista postergada. Lo fue en muchos aspectos: permitió sostener la continuidad operativa, redefinió límites entre lo personal y lo laboral, y abrió nuevas formas de organización.

También fue la antesala de algo más profundo: la descentralización de la presencia, del control y, finalmente, del lugar dentro del sistema.

Lo que parecía una solución temporal se ha vuelto una condición estructural que facilita, sin resistencia, la despersonalización de numerosos procesos y la eliminación de tareas que, expuestas al nuevo esquema, se revelan innecesarias.

El trabajo híbrido, celebrado como una evolución superadora, está consolidando este modelo. Plataformas como Teams o Slack, escritorios virtuales, automatización de flujos y sistemas de monitoreo en tiempo real prometen flexibilidad y bienestar. Y algo de eso hay

Por otra parte, ha traído una silenciosa transformación del vínculo entre las personas y las organizaciones. Lo que antes era una oficina con contexto, matices e interacción, pasó a ser hoy en gran parte de las organizaciones, una red de nodos eficientes conectados por distintos software en diversas plataformas.. Así, la colaboración se vuelve asíncrona, la productividad se mide por métricas impersonales y la presencia pierde cuerpo.

Nos adaptamos tan bien al modelo remoto o híbrido que el sistema aprendió  a operar en variados procesos sin nosotros.

Lo que aún defendemos como “humano”… tiene fecha de vencimiento

Uno de los puntos débiles de las nuevas tecnologías es que, a diferencia de las personas,  no pueden interpretar lo inesperado y por ello seguimos siendo indispensables. Dicho de otra manera, que ante la ambigüedad o la crisis, somos nosotros quienes “sabemos qué hacer”.

Es cierto. Por ahora.

Pero no parece un argumento sostenible a largo plazo. Los sistemas aprenden a procesar múltiples escenarios, simulan decisiones, ajustan respuestas con márgenes de error cada vez más reducidos. Y si bien no tienen emociones ni intuición, tampoco se distraen, se cansan, se desmotivan o se equivocan por ansiedad.

La ventaja humana es real, pero en el formato que la conocíamos,  también es transitoria. A medida que los modelos se entrenan con más datos, incluso las situaciones excepcionales dejan de requerir nuestra intervención.


El verdadero problema: confundimos eficiencia con valor

Creemos fundamental hacer una distinción antes de avanzar: No planteamos que la tecnología sea un error. Al contrario. Muchas tareas hoy son más rápidas, seguras y accesibles gracias a ella.

El problema es otro.

En lugar de revalorizar lo que solo una persona puede ofrecer, reducimos el aporte humano a aquello que más fácilmente puede ser automatizado. Pasamos de interpretar la realidad a intentar sobrevivir dentro de sistemas que miden productividad por output inmediato y no por sentido.

Y aquí es donde la productividad —cuando se mide solo en función de eficiencia operativa— se convierte en un criterio que desvaloriza lo humano.

Porque un sistema puede producir más rápido, con menos errores y sin descanso. Puede responder tickets, elaborar reportes, proyectar ventas, sintetizar información… y todo eso mejor que nosotros, sí lo único que importa es el resultado medible.

Así, lo humano empieza a perder frente a la IA no porque no tenga valor, sino porque no encaja en una métrica que solo premia lo automático, lo repetible y lo inmediato.

En consecuencia, competimos en el único terreno donde inevitablemente perdemos: la eficiencia pura.

Quizás la salida no esté en resistir la tecnología, sino en reconstruir los mapas desde los cuales pensamos el valor, y recuperar una forma más profunda y contextual de interpretar, decidir y coordinar en entornos cada vez más automatizados.


¿Cuál es nuestro rol entonces?

Creemos que la pregunta clave no es si somos necesarios, sino:

¿Qué sigue aportando una persona cuando todo lo demás puede ser delegado a una máquina?

No alcanza con ser cumplidores, ordenados o resolutivos. Eso lo hace un sistema. Tampoco con tener experiencia operativa si esa experiencia se vuelve replicable en un modelo predictivo.

Lo que aún nos diferencia —al menos por ahora— es:

  • La capacidad de hacer conexiones inesperadas y generar soluciones disruptivas.
  • El juicio contextual en decisiones complejas.
  • La sensibilidad ética en entornos grises.
  • El pensamiento creativo cuando los datos no alcanzan.

Y sobre todo, la capacidad de integrar todo eso en estructuras organizacionales que todavía (remarcamos: todavía) puedan hacer lugar a lo humano sin convertirlo en obstáculo.


Rediseñarnos antes de que nos rediseñen

Estamos frente a una transición que, en nuestra opinión, no ha terminado y será breve pero definitiva. No hablamos de un futuro lejano ni de una revolución por venir. Hablamos de lo que ya está ocurriendo en empresas reales, todos los días.

La inteligencia artificial no espera autorización. Y no necesita reemplazarnos por malicia, sino simplemente porque puede realizar mejor funciones que antes eran exclusivamente humanas.

En esta nueva realidad, quizás la pregunta ya no es si podemos adaptarnos, sino qué queremos preservar al adaptarnos.

Porque si lo único que buscamos es eficiencia, no hay razón para que sigamos siendo parte del sistema.

Mientras todavía estamos al mando

En Nothofagus creemos que la dirección sigue siendo humana. Al menos por ahora. Y ejercerla implica responsabilidad, propósito y profundidad.

Por eso, mientras aún trazamos el rumbo —antes de que lo hagan los algoritmos—, creemos necesario recuperar algunos principios rectores. No para resistir el cambio, sino para guiarlo con sentido.

La IA puede operar en entornos complejos, simular escenarios y actuar con velocidad. Pero en los verdaderos entornos caóticos que aún forman parte de nuestras organizaciones —donde no hay patrones estables y lo simbólico importa tanto como lo funcional—, todavía se necesita que alguien interprete el sentido.

Y esa sigue siendo, por ahora, una tarea profundamente humana.

NOTA FINAL:

Lo que aquí proponemos no es nostalgia por el trabajo tal como lo conocíamos, sino lucidez para no desaparecer por omisión.

Porque nos venimos adaptando tan bien… que quizás dejemos de hacer falta